Calros Solla:
Grandes guerras se publican/
María da Vrea:
En la tierra y en el mar,
al conde Flores le nombran
de capitán general.
Lloraba la condesita,
no lo puede remediar,
acaban de ser casados
y se tienen que apartar.
—¿Cuántos días, cuántos meses
piensas estar por allá?
—No cuentes por meses, condesa,
por años debes contar;
si a los tres años no vuelvo,
viuda te puedes llamar.
Pasan los tres y los cuatro,
nuevas del conde no hay;
ojos de la condesita
no cesaban de llorar.
Estando comiendo a la mesa
su padre le empezó a hablar:
—Si duques y condes te piden,
te debes, hija, casar.
—Carta mi corazón tengo
que don Flores vivo está;
no lo quiera Dios del cielo
que yo me vuelva a casar.
¿Si me das licencia, mi padre,
para el conde ir a buscar?
—La licencia tienes hija,
mi bendición además.
Se retiró a su aposento
llora que te llorarás;
se quito medias de seda,
de lana las fue (calzar);
se quitó vestido de raso,
lo puso de (cordabán);
un brial de seda verde
que valía una ciudad;
encima del brial puso
un hábido de sayal;
esportilla de romera
al hombro se echó atrás;
cogió el bordón en la mano
y se marchó a peregrinar.
Anduvo siete reinados,
morería y cristiandad;
anduvo por mar y tierra,
al conde no pudo encontrar.
Cansada ya la romera,
que ya no puede andar más,
subió un alto,
miró un valle,
un castillo vio asomar:
'Si aquel castillo es de moros,
allí me cautivarán,
y si es de buenos cristianos,
ellos me remediarán'.
—Vaquerito, vaquerito,
¿dónde llevas tantas vacas
de un mismo dueño y señal?
—Del conde Flores, señora,
que en aquel castillo está.
—Y el conde Flores, tu amo,
¿cómo vive por acá?
—Llegó rico de la guerra,
mañana se va a casar,
ya están las gallinas muertas,
ya están amasando el pan;
(mucha) gentes convidadas,
de afuera llegando están.
—¡Vaquerito, vaquerito,
por la Santa Trinidad,
por el camino más corto
me has de encaminar allá!
Jornada de todo un día
en medio la hubo de andar;
al llegar junto al castillo,
con don Flores fue a encontrar.
—¿Me da limosna buen conde,
por Dios y su caridad?
—¡Oh, que (hojas) de romera,
que en mi vida los vi tal!
—Sí, habéis visto conde,
que en Sevilla has estado has!
—¡Ay, la romera, es de Sevilla!
y ¿qué se cuenta por allá?
—Del conde Flores, señor,
poco bien y mucho mal.
Echó mano a su bolsillo,
real de plata le da.
—Para tan grande señor,
¿qué limosna es un real?
—Pida la romerica,
lo que pida se le concederá.
—Yo pido ese anillo de oro
que en tu dedo chico está.
Y el conde se desmayó.
Bajó la novia llorando,
a la otra se fue a abrazar;
y se lo han venido a encontrar.
—Malas mañas sacas, conde,
que las tienes que olvidar,
viendo una buena moza,
luego la vas a abrazar.
¡Malaña la romerica
y quien la trajo por aquí!
—No maldiga usté la romera,
que es mi mujer de verdá.
—Quedaos, señor, quedaos;
quédese con Dios la novia
vestidita y sin casar;
que los amores primeros
son muy malos de olvidar.
Autor/a da transcrición: e~xenio